Embruteciendo al votante.

✍️ por Wilfredo Domínguez English

En cuanto puse un pie en una escuela cubana en 1968, ya me estaban manipulando. Desde el primer día en el aula revolucionaria aprendí de primera mano cómo la educación puede convertirse en un arma sutil, pero sumamente peligrosa.

Hoy, viendo lo que ocurre en las escuelas de Estados Unidos, no digo que sea lo mismo, pero la música me suena demasiado familiar —y me aterra.

Recuerdo el aula en la isla. No era tal: era una celda donde los niños cubanos aprendíamos a obedecer las reglas —las de Fidel Castro, por supuesto. Se nos condicionaba a la fuerza a decir a la revolución y a tachar de traidor a cualquiera que discrepase.

La historia que me enseñaron estaba mutilada, distorsionada para encajar en la narrativa del poder. El mundo se dividía en NOSOTROS, los buenos, y ELLOS, los malos: una dicotomía simplista y peligrosa que moldeaba cómo nos veíamos a nosotros mismos y cómo mirábamos a los demás.

Hoy, ciertos poderes en Estados Unidos parecen decididos a envenenar la educación con mecanismos que conozco demasiado bien: la manipulación de la verdad, el empeño en reescribir la historia y el afán de controlar lo que se enseña. Ese patrón yo lo he sufrido en carne propia.

Y, créanme, los vicios y la sumisión obediente de mi comunidad cubanoamericana en el sur de la Florida son prueba viviente de lo que ocurre cuando la educación se somete al poder. Algunos vemos las señales de advertencia, pero demasiados de mis compatriotas ya han caído en la trampa.

El peligroso concubinato entre el poder y la educación.

Ilustración de un cerebro siendo borrado, simbolizando el adoctrinamiento
Proceso de borrado del cerebro.

Eliminar el Departamento de Educación tiene muy poco que ver con educación; es, abiertamente, una maniobra descarada del poder. Y lo es porque la educación es una herramienta de crecimiento personal, el pilar de una sociedad libre y, en manos de quienes ostentan el poder, una poderosísima e indispensable arma de control social.

La más reciente intentona por cerrar el departamento —atizada especialmente por figuras como Donald Trump— y la retórica que emana de estados como la Florida, en manos del gobernador Ron DeSantis, no son casuales; no son simple teatro político. Forman parte de un esfuerzo más amplio y deliberado por rehacer la sociedad con el objetivo de cultivar ciudadanos obedientes, conformes con las migajas que se les conceden.

El poder de la educación asusta a muchos.

El papel de la educación en la sociedad va mucho más allá de la lectura, la escritura y la aritmética. La educación moldea nuestra visión del mundo, nuestra comprensión de la historia y nos da las herramientas para desafiar la injusticia.

Cuando un sistema educativo se distorsiona para sofocar el pensamiento crítico, controlar al ciudadano es una tarea mucho más fácil. En una democracia, una ciudadanía educada puede exigir cuentas al poder; en una oligarquía o dictadura, una población ignorante garantiza que el poder quede impune.

Por eso importan los ataques al Departamento de Educación. Porque al eliminar instituciones como esta, el poder no solo niega a los niños el acceso a una educación integral, sino que también derriba las estructuras sociales que fomentan el pensamiento crítico y libre.

El Departamento de Educación no es solo una entidad burocrática; representa un compromiso con la igualdad de oportunidades educativas para todos los ciudadanos, sin importar su origen socioeconómico. La eliminación del departamento ensancha la brecha, dejando únicamente a los ricos con acceso al tipo de educación que alimenta la innovación y el pensamiento crítico.

El ejemplo de la Florida: cuando quienes deciden sobre la escuela pública no dependen de ella.

¿Por qué habría de importarle al gobernador si Trump cierra el Departamento de Educación? Ni tu congresista, ni tu senador, ni tu empleador se inmutan.

Pensemos en uno de los ejemplos más claros de cómo el poder manipula la educación hoy: Florida, donde el gobernador Ron DeSantis ha impulsado incansablemente políticas que distorsionan la historia para encajarla en una narrativa estrecha y peligrosa.

Tomemos, por ejemplo, la controversia en torno a la esclavitud y el Stop WOKE Act, una ley diseñada para limitar la enseñanza de conceptos considerados divisivos en las escuelas.

DeSantis, entre otras barbaridades, defendió estándares educativos según los cuales los esclavos habrían desarrollado habilidades que les servirían más adelante en la vida. Esa idea no solo minimiza una atrocidad histórica: es moralmente obscena y expone cómo la educación puede convertirse en una herramienta de control ideológico. Al distorsionar la historia y difundir estas falsedades, DeSantis no se limita a restringir lo que los estudiantes aprenden; también moldea activamente la manera en que los estudiantes han de comprender el mundo en función de su agenda política.

Cuando la educación se usa para minimizar el trauma y la inhumanidad de la esclavitud, se desplaza la conversación lejos de las verdades históricas y de las lecciones que transmiten. En lugar de fomentar empatía, comprensión y pensamiento crítico, estas políticas buscan reprimir verdades incómodas y reescribir la historia en beneficio de quienes ostentan el poder. No se trata de enseñar a los estudiantes a pensar críticamente: se trata de adoctrinarlos para aceptar obedientemente una versión blanqueada de la historia.

Una agenda abarcadora y profunda: encasillar a la gente en distritos y currículos.

DeSantis no está solo. En muchos lugartes del país, políticos y juntas escolares manipulan las políticas de los distritos escolares para limitar la diversidad educativa y restringir la capacidad de los padres de elegir a qué escuela van sus hijos. Al promover medidas que restringen a qué escuelas pueden asistir los niños —especialmente en estados con una larga tradición conservadora—, el gobierno afianza aún más su influencia sobre la mente de los jóvenes.

Cuando a las familias se las obliga a permanecer en ciertos distritos escolares, en particular aquellos con recursos limitados o planes de estudio obsoletos, el poder del Estado sobre el contenido educativo se intensifica. Esto forma parte de un esfuerzo por garantizar que a los estudiantes no se les enseñe a cuestionar el statu quo político o social, sino a aceptarlo. Controlar a qué escuela asisten los estudiantes, prohibir asignaturas o reescribir libros de texto no tiene que ver con educación: tiene que ver con producir una sociedad uniforme, obediente y acrítica.

Más allá del aula: mantener a la sociedad en la oscuridad.

Manipular la educación no consiste solo en reescribir la historia: consiste en moldear una sociedad que acepte la ignorancia como normal y la obediencia como virtud. La eliminación del Departamento de Educación y el afán por controlar lo que se enseña en las aulas se alinean con una agenda más amplia: crear una población sin las herramientas necesarias para evaluar críticamente su lugar en el mundo y, por extensión, incapaz de desafiar a la minoría poderosa que lleva las riendas de la sociedad.

Pensemos, por ejemplo, en las narrativas que perpetúan los medios. De la misma forma en que ciertos medios de prensa turbios pueden distorsionar la percepción pública, un sistema educativo controlado por agendas políticas tan turbias o peores asegura que la próxima generación crezca aceptando esas distorsiones como verdades. En ambos casos, el objetivo es el mismo: controlar el flujo de información, suprimir el pensamiento independiente y hacer que la injusticia sistémica parezca inevitable.

Conclusión: la batalla por la educación es una batalla por la libertad.

La educación no consiste solo en ir a las aulas: es un campo de batalla por el futuro. Al enfrentarnos a las intenciones de Trump de eliminar el Departamento de Educación y al esfuerzo de DeSantis por controlar lo que aprenden los niños en la Florida, nos damos cuenta de que la lucha es mucho más encarnizada: la lucha es por la libertad. Una sociedad verdaderamente libre depende de una ciudadanía informada y educada, capaz de pensar críticamente, cuestionar la autoridad y exigir justicia. Sin ella, la sociedad se convierte en una línea de montaje de trabajadores obedientes: alimentados con migajas, mantenidos distraídos y demasiado desinformados para exigir algo más.

La batalla por la educación no trata solo de lo que los niños aprenden en la escuela: trata de quién controla la narrativa, quién accede al conocimiento y quién se beneficia al mantener a la mayoría en la oscuridad. Como ciudadanos, debemos preguntarnos: ¿estamos realmente dispuestos a dejar que los poderosos decidan lo que sabemos mientras nos mantienen distraídos, malinformados y demasiado complacientes como para rebelarnos?

Referencias